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Con motivo del Día de la Condolencia y el Adiós, convocado por un amplio grupo de terapeutas, organizaciones de la sociedad civil y la Asociación de Radiodifusores de Chile (Archi) y que se conmemora el día 5 de septiembre, Universidad de Las Américas invitó a toda la comunidad universitaria a recordar a quienes han partido durante la pandemia, y mostrar su cariño y solidaridad a quienes han perdido a un ser querido.
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Etapas del duelo
– Catalina Valenzuela –
Directora Escuela de Psicología
¿Qué dejamos atrás para siempre y cómo vivimos el duelo?
– Claudio Reyes –
Coordinador Líneas de investigación Psicoanálisis, filosofía y estética – Grupo de Estudios Psicoanalíticos
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UDLA conmemora el Día de la Condolencia y el Adiós con homenaje a quienes han fallecido por Covid-19
Compartimos algunos de los cientos de mensajes que nos enviaron miembros de la comunidad UDLA para homenajear a sus seres queridos que fallecieron en pandemia, como parte del Día de la Condolencia y el Adiós, iniciativa liderada por distintas organizaciones e instituciones de la sociedad civil junto con ARCHI, y de la cual como Universidad de Las Américas formamos parte.
Sobre perder y perdernos

Como humanos, las personas necesitamos de los vínculos para crecer y desarrollarnos, son parte de las cosas importantes que aprendemos a hacer en la vida. Eso nos permite, desde muy pequeños, identificar con mucha rapidez la persona que será refugio cuando aparece el miedo, o aquella con quien se puede compartir un logro o una alegría. Los vínculos son parte esencial de lo humano, por lo tanto, cuando alguno de esos vínculos se rompe, ya sea por lejanía o por fallecimiento, aparece un periodo de gran intensidad emocional al que llamamos duelo.

Todas las pequeñas o grandes separaciones que vamos viviendo durante nuestra vida, no solamente nos recuerdan la fragilidad de todo vínculo, sino que nos van preparando para el momento en que aquellos lazos afectivos más profundos se ven disueltos por la muerte o la partida. Cada pérdida traerá consigo un duelo, y la intensidad del duelo no dependerá de la naturaleza del objeto perdido, sino del valor que tenga en cuanto a la profundidad del lazo que significa para nosotros.

Podemos entonces sentir una profunda pena por la partida de un ser querido, así como se puede sentir la misma pena por perder una mascota, una amistad, un cotidiano, porque nos vinculamos y desarrollamos lazos de afecto no solo con personas, también lo hacemos con situaciones, momentos y hasta con ideologías.

El duelo es producido por cualquier tipo de pérdida, y no sólo es aplicable a la muerte de una persona. El proceso de duelo se realiza siempre que tiene lugar una pérdida significativa, siempre que se pierde algo que tiene valor, real o simbólico, consciente o no para quien lo pierde.

Los duelos y las pérdidas se viven de manera muy particular, cada persona expresa ese vacío, esa ausencia, ese silencio de maneras muy personales y particulares, no hay una forma única y correcta de vivir el duelo, lo importante es atravesar esa vereda y resignificar el vínculo perdido, construir una nueva forma de relación con esa ausencia y continuar con la vida.

Cuando la pérdida es radical y definitiva, como en el caso de la muerte, todas las dimensiones de la persona se ven afectadas, duele el cuerpo, los ojos lloran, el alma se llena de pena, rabia y frustración, a veces aparece ira, ansiedad y hasta desesperación, las personas se aíslan, reniegan del contacto, cuestionan sus principios y sus creencias. Es como si un rayo atravesara el cuerpo permitiéndonos sentir cada poro y cada célula, pero a la vez entumece, anestesia, no nos permite sentir.

Habitualmente al principio aparece mucha incredulidad, hay un gran desconcierto, las personas pueden seguir funcionando como si nada hubiera pasado, o bien quedar completamente paralizados. No es posible creer que esto haya pasado, se duda de la perdida, de la partida, de la muerte, anhelando en lo más profundo de la conciencia, que esto no sea verdad.

Luego aparece el anhelo, puede ocurrir que se comience con la búsqueda de la figura perdida, es común escuchar la voz, sentir el olor, escuchar sus pasos acercándose por el pasillo, y así tantas otras muestras que nos permiten pensar que sigue aquí, pero el tiempo permite que esas ilusiones que en algún momento creemos reales vayan haciéndonos entrar en razón, la ausencia es real y ya no está más.

Podemos luego experimentar una tristeza profunda, que a veces nos acompaña durante largos periodos de tiempo. Aparece el vacío, la soledad, la falta de ilusión por la vida, hasta puede aparecer apatía y ganas de retirarse a la sombra de un árbol a ver como el tiempo pasa frente a nosotros.

Luego de un buen tiempo, luego de muchas lágrimas, suspiros y abrazos al aire, luego de cerrar mil veces los ojos esperando que al abrirlos aparezca, puede iniciarse el proceso de resignificación. En ese momento, que no es ni antes ni después que se esté listo, se puede reconstruir el vínculo perdido de una manera simbólica. Aquello que hemos perdido toma un lugar simbólico en nuestro nuevo cotidiano, lo que nos permite continuar con nuestras vidas y sentirnos completos nuevamente, a pesar de la ausencia y el vacío.

En este proceso, poder expresar lo que sentimos, poner en palabras el propio sufrimiento es un paso hacia su superación. Narrar en una historia que se comparte a otro estos devenires emocionales, estas ideas que pueden no tener coherencia o sentido alguno, ayudan a que muestra mente pueda ir ordenando las piezas de este puzzle que han quedado regadas por todas partes, hasta que se vuelve a armar, y se observa el vacío que deja la pieza faltante, pero también se observa el paisaje que construyen el resto de las piezas del puzzle.

Lamentablemente, nuestra cultura actual, el escenario social en el que nos envolvemos hoy en día, oculta o evade la muerte. Se la considera y se la trata como un tabú. Además, muchas veces, tal vez demasiadas, la soledad, el miedo, el abandono y la impotencia componen el último acto de la vida. El sentirse vulnerable trae consigo evidenciar la finitud de la vida, y por eso no nos gusta mirar la muerte. El dolor y el sufrimiento nos acercan a la muerte, la acechan, pero solo aquello que vive es capaz de sentir, por lo tanto, ser vulnerable, sentir emociones, dolor, es parte ineludible de la vida.

La muerte ha dejado de considerarse una parte de la vida, convirtiéndose en algo molesto de lo que ya no se habla ni tan siquiera con quien la está vivenciando cercanamente. La actitud social ante los duelos es de presión hacia su ocultación y aislamiento, pero esto solo trae consigo un abismo gigante que separa a la persona que sobrevive de la posibilidad concreta y real de reconstruir una vida, un proyecto de vida, con la perdida.

La invitación que surge a propósito de este contexto y de este relato, de esta visión de la muerte, de esta necesidad de convivir con ella, y hacerla parte también de nuestra vida, es que retomemos y valoremos los ritos y ceremoniales que en otras épocas nos ayudaban en el proceso de resignificación y reconstrucción de nuestras vidas. Olvidar a nuestros muertos no elimina el vacío que se siente, la pena y el dolor de las perdidas no se esfuman entre las obligaciones y la agitación del tiempo, no tenemos que olvidar, no tenemos que evitar el dolor, tenemos que permitir que las lágrimas ayuden a cicatrizar las heridas del alma, que los abrazos entreguen calor a los recuerdos, y que sean estos recuerdos lo que nos permitan reconstruir la vida que nos queda.

Por eso, actos tan significativos como el que estamos compartiendo hoy, y que continuaremos compartiendo este domingo permiten avanzar hacia escenarios donde la muerte no se oculte ni se olvide, más bien se respete y se conmemore como cada uno de los que ha partido se merece.

Un abrazo afectuoso.

Catalina Valenzuela
Directora Escuela de Psicología

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Mensajes del Día de la Condolencia y el Adiós a quienes han fallecido por Covid-19
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